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Vasco de Quiroga y la Utopía: de la teoría a la práctica (I)

Written By Jesus on viernes, 8 de marzo de 2013 | 0:30


Sacrificad sacrificios de justicia.

Fuente: Juanjo Poveda
No hay combate más agotador que el que libran los pensamientos en el fuero de la conciencia o eso parecía intuirse en los ojos de aquel rostro adusto poco acostumbrado a las dudas. El debate que se celebraba no era poca cosa: ir o no al Nuevo Mundo. Aquí en España le aguardaba buen futuro al servicio de la Corona, una vida tranquila y respetable, que cerca ya de sus cincuenta años el buen hidalgo bien se había ganado a pulso. Sin embargo, le era imposible pasar por alto las terribles nuevas que llegan de las Indias, las noticias de aquella Audiencia qué lejos de impartir justicia y llevar paz a aquellas tierras, no hace otra cosa que saquearla y torturar a sus gentes con crueldad pocas veces vista, a esos indios que también son hijos de Dios ¿Cómo podrán estos nuevos gentiles abrazar la fe de Cristo y jurar fidelidad al Rey si quiénes han de predicar con el ejemplo los golpean con rudeza y sin atisbo alguno de caridad cristiana? Con el semblante serio, se santigua al entrar en la oscuridad de una pequeña iglesia. Sus pasos le han llevado allí movidos por la inercia y todavía ensimismado en sus tribulaciones, de repente todas las voces interiores callan al oír recitar por el sacerdote el siguiente salmo: “Sacrificad sacrificios de justicia y esperad en el Señor. Son muchos los que dicen: ¿quién va a favorecernos?”. Y ya no hay dudas, los miedos ante un viaje a lo desconocido desaparecen. Aquél que ha jurado fidelidad a la Justicia no puede mirar hacia otro lado ante el sufrimiento ajeno, ante los lamentos de esos indios maltratados por aquéllos que deberían darles la nueva buena de Cristo y las bondades del buen gobierno. Sacrificad sacrificios de justicia ¿y quiénes sino los indios están sedientos de justicia?

No sabemos si realmente fue dicho salmo, como cuenta su buen amigo Cristóbal Cabrera, el que motivó a Vasco de Quiroga a aceptar el cargo de oidor de la llamada Segunda Audiencia enviada a México en 1531 para poner fin a los desmanes de la primera, lo que sí es cierto es que éste añadió a su escudo el lema “Sacrificad sacrificios de justicia”. Pero comencemos por el principio, que el buen orden en el narrar es presupuesto necesario de un mejor entender.

Ubiquémonos. Nos encontramos en la primera mitad del siglo XVI, en los albores del Imperio español. Tras la estela de las tres carabelas colombinas, España se lanza a la aventura del Nuevo Mundo y con la conquista de aztecas e incas a manos de Cortés y Pizarro respectivamente, la patria de los Reyes Católicos se convertirá en la primera potencia europea moderna con un imperio de ultramar que cubrirá miles de kilómetros cuadrados, multiétnico y con millones de nativos, la mayoría de ellos con ideas muy distintas a la de los españoles.

Nos encontramos pues ante una época de cambios vertiginosos, convulsa y dual. Las relaciones de poder se trastocan y los reyes comienzan a imponer su voluntad sobre los nobles rompiendo con la dinámica feudal de la Edad Media; mientras que en plano religioso la situación llegará a un punto crítico con la Reforma iniciada por Lutero en 1520, la cual dividirá la Europa cristiana occidental por la mitad. Todo ello, sazonado con un nuevo pensamiento filosófico que comienza a abrirse paso rompiendo con todo lo anterior: el Humanismo.

Es en este contexto en el que debemos situar al ilustre personaje causante de estas líneas: don Vasco de Quiroga, oidor de la segunda Audiencia de México y primer obispo de Michoacán. Siempre es difícil definir a una persona, pero a la luz de los hechos que jalonaron su vida y los pensamientos plasmados en sus escritos, bien pudiéramos definirlo como un hombre del Dios y del Imperio entregado a la Justicia. Profundamente religioso, Quiroga entiende que no hay mejor forma de ser cristiano y servir a Dios que combatiendo las injusticias allí donde se produzcan y que la mejor manera de hacerlo es a través de la Ley, del buen gobierno al que debía aspirar el Imperio. Dicho esto, dejaré su vida hable por sí sola, pues don Vasco siempre tuvo la rara costumbre de predicar sus ideas con el ejemplo.

Madrigal de las Altas Torres (Ávila)

Nacido en 1485 en la ciudad castellana de Madrigal de las Altas Torres, villa en la que también naciera, pero en 1451, la reina Isabel la Católica, y procedente de familia de hidalgos con raíces gallegas, Quiroga se decantó por las leyes y en 1515 se licenciaba en cánones, si bien se duda si en Valladolid o Salamanca.
Culto y bien formado, Quiroga pertenecerá a aquella primera hornada de letrados, bien formados e instruidos, que durante el reinado de los Reyes Católicos fue remplazando poco a poco a la nobleza en el campo de la administración y la judicatura, consolidando la Monarquía y el Estado, pues como ya dijimos, es ahora cuando aparecen las monarquías autoritarias en detrimento de la nobleza feudal. Estos “funcionarios”, Hombres del Rey, encumbrados a las más altas magistraturas no tanto ya por su linaje o sus tierras, sino como por sus conocimiento y experiencia del mundo de las leyes y la diplomacia, supondrán las bases de la construcción del Estado moderno tal y como lo conocemos y la superación definitiva del sistema político imperante durante la Edad Media.

Don Vasco ejercerá de juez por varios lugares de España y el  norte de África, destacándose su intervención como diplomático en los tratados de paz entre la Corona y el rey de Tremecén, y muy pronto ganará fama por su concepción irrenunciable de la Justicia y su voluntad de hacerla cumplir caiga quien caiga, lo cual le granjeará no pocas enemistades.

Ejemplo de ello fue su accidentada estancia en Orán, en manos de los españoles por aquellos tiempos, a la que fue destinado el 6 de marzo de 1525, ya próximo a los cuarenta años, en calidad de juez de residencia para que continuase la auditoría abierta contra el corregidor de la plaza, Alonso Pérez de Ribera, y su lugarteniente, Pedro de Liminiana, los cuales venían estableciendo impuestos abusivos a los comerciantes en provecho propio. Quiroga, que no es hombre que se deje amilanar ante señores que se creen intocables, los condena a prisión. Sin embargo, éstos valiéndose de influencias impugnan la sentencia y consiguen que se le abra un proceso al mismo Quiroga. Y no será el único pleito que mantenga con estos dos señores, pues su alto sentido del deber y la justicia le impide dejarlos impunes de sus fechorías, teniendo incluso que llegar a comprometer una parte importante de su patrimonio en 1526 para afrontar los gastos del proceso. Quiroga, como siempre estará dispuesto a llegar hasta el final, costase lo que costase, en su lucha contra los desafueros cometidos precisamente por aquellos que debieran dar ejemplo.

De regreso a España y a la corte como juez de prestigio y de conocida moral inquebrantable, trabará amistad por este tiempo con Juan Bernal Díaz de Luco, alto personaje eclesiástico miembro del Consejo de Indias, el cual junto con Juan Tavera, presidente de dicho Consejo, propondrán a Quiroga como oidor de una segunda Audiencia que deberá viajar hasta Nueva España para arrestar a los miembros de la primera y poner fin al saqueo y los abusos que estaban cometiendo.

Los ecos del salmo todavía resuenan en sus oídos en las inmensidades de aquella pequeña capilla. El magistrado deja vagar su mirada por los artesonados del retablo mientras su mente va dibujando con la precisión de un espíritu cuadriculado la que será la obra de su vida. Si acepta el cargo, no es para desempeñar un papel meramente pasivo de juzgador. Quiroga, imbuido del erasmismo más puro, ve en el Nuevo Mundo una nueva oportunidad para lograr un mundo mejor, para hacer de aquellas nuevas gentes comunidades como la de los primeros cristianos. Las posibilidades son infinitas pero nuestro hombre no se deja amilanar, pues mientras divaga en la oscuridad del futuro sostiene firme entre sus manos el guión para hacer todo ello realidad: la Utopía de Tomás Moro.

Hasta aquí el prólogo de un hombre de ideas firmes e íntegras. En los próximos artículos, la historia de cómo  transformó la Utopía en Realidad.


Bibliografía:
Don Vasco de Quiroga (Protector de los Indios). Francisco Martín Hernández.


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