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Recetas seductoras en la Edad Media

Written By Jesus on martes, 19 de marzo de 2013 | 1:30

Cosméticos, perfumes, tintes y cremas de color obtenidas mediante procedimientos cuanto menos discutibles, abundaron en época medieval pese a la prohibición expresa de la Iglesia, que no admitía más cuidado en la mujer que los propios de la higiene. Y ésta existía, pese a su injustificada fama contraria.

El tocador de una dama medieval estaba bien provisto de peines, espejos, olleras, limas y tijeras para las uñas, pinzas para depilar cejas, plumas para maquillarse los labios y ungüentos y perfumes sin fin. Con ello se perseguía una belleza, tal vez alejada de los cánones actuales, pero acorde con lo prescrito en cualquier tratado de amor cortés. La mujer medieval debía ser pálida, rubia, de labios y mejillas encendidos, cejas depiladas o, en todo caso, finas y arqueadas y sonrisa resplandeciente.

Para conseguirlo, en los tratados de medicina de la época abundaban las recetas para erradicar las manchas de la piel, las verrugas y las pecas. El cabello se aclaraba mediante baños de azafrán y se evitaba su caída con la aplicación de sangre de murciélago. 

Del aceite de almendra y la miel se decía que conseguían que el cutis semejara de recién nacido y solo el zumo de limón, edulcorado con azúcar y candí, lograba devolver la tersura y lozanía a las manos estropeadas. Con el fin de evitar el olor corporal, el jabón se perfumaba con almizcle y clavel. Entre los perfumes destacaba el agua de rosas y de romero que se mezclaba con flor de azahar, madera de aloe, lavanda y algalía.

El baño en la Edad Media sí estaba extendido. elmundogirax.blogspot.fr


Los cosméticos, sin embargo, carecían de tales refinamientos. Catalina Sforza, una reconocida belleza italiana del siglo XIII, aseguraba que para mantener su hermosura se aplicaba mascarillas de grasa de cerdo y bilis de carnero, mientras que de noche cubría su rostro con una mascarilla de harina de habas.

Los dientes merecían una atención especial. El aliento se perfumaba con canela o masticando verbena, hierbabuena o mondas de limón. También se utilizaban dentífricos laborados con huesos de sepia, coral o conchas. Cuando resultaba imposible conservar sanos los propios dientes, éstos se sustituían por otros falsos realizados con huesos de vaca, mármol e incluso perlas. No servían para masticar, pero permitían lucir una sonrisa radiante.

Con el paso del tiempo, la sana costumbre del baño viró casi por completo. La aparición de las grandes epidemias medievales motivó que se culpara al agua de ser transmisora de dichas plagas y pestes, ya que a través de su contacto con los poros de la piel ésta podía acceder a todos los órganos del cuerpo. Comenzó así la época del baño en seco, por lo que se limitó el uso del agua únicamente para manos y cara. Este hábito perduró hasta casi bien entrado el siglo XIX.

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