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El sevillano errante: Una amalgama de recuerdos

Written By Jesus on domingo, 24 de marzo de 2013 | 1:30

Hoy, Domingo de Ramos, comienza una semana en la que dedicaremos muchos de nuestros artículos, orientados desde un punto de vista u otro (prometemos no poner todos sobre la Semana Santa más puramente sevillana) a la Semana Grande de Sevilla, ciudad en la que nació este blog y que tratamos de enseñaros muchas veces en algunos de nuestros artículos.

Imagen de Seviocio
Paso de Cristo de la Hermandad de Monte-Sión, Sevilla

Quien les escribe, redactor entre muchos, del serial "El sevillano errante", vive este año fuera de su tierra, y mi buen amigo, y también redactor de esta casa, Carlos Martín ha tenido a bien dedicarme un maravilloso artículo con el que conjuntamente queremos dar inicio a esta tradición cultural que vive en el corazón de la mayoría de los sevillanos, sin importar su condición confesional o no. Esperamos que lo disfruten, y que éstos días vivan y disfruten de la energía e ilusión que derrocha Sevilla, y que trataremos de plasmaros y enviaros a través de nuestras palabras. Sin más dilación, aquí tenéis nuestro "pregón" para este evento.

Una amalgama de recuerdos, por Carlos Martín Escudero

Caminaba con pie seguro en la ya noche cerrada vestido con el hábito nazareno, venía de vuelta. Aunque no estaba cansado sentía la mirada borrosa como de no poder vislumbrar lo que a su alrededor acontecía. Un niño de rostro lejanamente familiar se le cruzó en medio. Sin preguntarse qué haría un niño a esas horas intempestivas en la calle, tan solo le alcanzó a dar la última estampa que le quedaba por repartir, el niño sonrió y se desvaneció tal y como vino. Cuando aún seguía intentando recordar donde había visto antes a aquel chiquillo, tambores que iban sonando a lo lejos retumbaban cada vez con más fuerza, cada vez más claro el redoble. Cuando sintió una luz como de ascuas de fuego tras de sí se dio la vuelta….

Pequeña pidiéndole caramelos, estampitas y/o medallitas a un pequeño nazareno de la hermandad de la Trinidad


No sin cierto sobresalto abrió los ojos, tras los breves instantes que separan el sueño de la realidad volvió a ser consciente de donde estaba. No sin vaguear un rato en la cama, se levantó y miró por su ventana. Era un domingo más en aquella ciudad centroeuropea, casi nórdica, tan lejana de su patria. El día se antojaba nublado, como casi todos, las temperaturas difícilmente superarían los cuatro grados, “pero al menos no lloverá hoy” pensó. Le daba vueltas a la cabeza sobre lo que le tocaba estudiar hoy, porque aunque fuera domingo tenía exámenes la semana siguiente, y algo había que estudiar aunque no tuviera ganas. Como ocurre muchas veces cuando se van enlazando pensamientos cayó en la cuenta cuando estaba preparando el desayuno tardío. No era un domingo cualquiera. De la tierra de donde procede la fecha de hoy se marcaba en muchos calendarios en color intenso. Gente que él mismo conocía le llegaba a comparar la mañana de ese domingo con el amanecer de un nuevo día de Reyes, la ilusión ya un tanto perdida, volvía a resurgir como el Ave Fénix ese día, al despertarse y apresuradamente, descorrer la cortina que lo separaba de aquel cielo, este año perdido para él. A cada minuto se le venían recuerdos, cómo él vivía esos domingos únicos del año, que le habían acompañado todos los años de su vida hasta éste.

Imagen de: ABC
Nazarenos de Monte-Sión iniciando su estación de penitencia

Estaba decidido, no iba a pasar ese domingo como uno más de su exilio momentáneo en esa moderna ciudad europea. Se acordó de las retransmisiones por Internet y cuando al final se cargó la página, brotó por los altavoces de su ordenador el sonido mágico que había escuchado tantos años de su vida: el locutor narraba como poco a poco iba surgiendo de la penumbra de la iglesia los destellos dorados y además podía percibir el característico sonido del crujir de la madera. La Semana Santa estaba naciendo a la misma hora de todos los años. Un estruendo, aplausos, la música sonando, de nuevo se había consumado el triunfo de una Ciudad. Todo a partir de entonces seguiría su curso normal, el que no le hacía falta leer en los programas de papel que con esmero coleccionaba. La única diferencia residía en que él por primera vez no estaba ahí para vivirlo. Este año no sentiría el tacto del antifaz en su cara, la casi siempre incomodidad del capirote, no se podría vestir con sus mejores galas los días más señalados, no llegaría a cansarse de patearse una ciudad durante siete días, no discutiría con los amigos qué cofradía ver antes o después, no podría sentir la frustración de no poder salir un año más por la lluvia, ni siquiera aburrirse viendo pasar filas interminables de nazarenos. Supo entonces valorar cada uno de esos momentos por minúsculos que pareciesen. La nostalgia le podía aunque al final se dio cuenta que esta Semana Santa, estas sensaciones de ahora también iban a formar parte del itinerario sentimental de su vida cofrade cuyos años se contaban por primaveras. Con melancolía pero con la alegría de haber vivido todos estos momentos, se le vinieron a la mente todos como en cascada: las últimas Semanas Santas, la primera vez que salía él solo con unos amigos, la primera vez que salió de nazareno, los dulces rostros tan familiares de su Cristo y su Virgen, las Semanas Santas de la infancia en la Carrera Oficial… Entre toda esa amalgama de recuerdos reconoció al fin el rostro de aquel niño al que entregó su última estampita.

Imagen de: Dibujos, fotos e imágenes
Monaguillo de Monte-Sión

Aquí os dejo un trocito visual de cómo se vive la Semana Santa en Sevilla. Con vosotros el Cerro del Águila, al cual este año me tocará acompañar anímicamente desde la distancia.




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